Superando la Coca en Imágenes, Tercera Sección: Actividades Pecuarias

23 February 2021

Alex Diamond

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Por casi dos décadas, la economía de Briceño, un pueblo rural y aislado en el norte de Colombia, se basaba en el cultivo de coca. Mientras que la gran mayoría de ganancias se quedaron en manos de los narcotraficantes que satisfacen las demandas de consumidores de cocaína de todo el mundo, la coca también proporciona ventajas claras para las y los campesinos de Briceño: una cosecha cada dos a tres meses, compradores garantizados y cercanos, como lo eran los grupos armados que controlaban el territorio y precios suficientemente altos para mantener a sus familias y ofrecer la posibilidad de mejorar su posición socioeconómica. Sin embargo, la coca también convirtió a la región en zona de guerra entre las Fuerzas Armadas Revolucionarías de Colombia (FARC) y paramilitares derechistas (muchas veces con el apoyo del ejército colombiano), que peleaban por el control del territorio y su economía cocalera. En 2017, un programa de sustitución de coca, negociado como parte del histórico acuerdo de paz del estado con las FARC, llegó a Briceño. De un día a otro, la economía de la coca se desapareció cuando las y los campesinos arrancaron sus cultivos ilícitos, con base en las promesas gubernamentales de proyectos productivos diseñados para ayudarles a pasar a la agricultura legal. En esta foto redacción, que se compone de diferentes secciones, uso imágenes para explorar lo que ha significado esta transición para familias locales.

A pesar de su aparente inocencia, las reses han tenido un rol importante en el conflicto en zonas rurales de Colombia por mucho tiempo. Para nombrar solamente un ejemplo, la formación de las FARC en 1964 fue en gran parte una respuesta a la monopolización de tierras rurales, en enormes haciendas de ganadería y leche que recibían ayuda militar para despojar a miles de campesinos. Procesos más recientes de conflicto y desposesión rural han sido a causa de economías de coca, megaproyectos mino-energéticos y la agricultura a gran escala de productos como el banano y la palma africana; sin embargo, la ganadería sigue siendo una fuente significativa de riqueza para la élite rural. No obstante, las reses y otras actividades pecuarias son muy importantes para la sobrevivencia de campesinos humildes.

En Briceño, las reses (y en menor medida, los cerdos y gallinas) son una parte importante de estrategias locales, a través de las cuales las y los ex-cultivadores de coca buscan desarrollar una actividad económica lícita y evitar volver a la violencia. Según una mujer de una familia lechera, es porque “El ganado tiene el nombre que es. El ganado está ganado.” En Briceño, como en muchas partes del mundo, la ganadería es el principal factor de la desforestación, un tema que tocaré más al fondo en una futura sección acerca del medio ambiente de Briceño. Sin embargo, frente a la presión diaria de sostener las necesidades de sus familias, la mayoría de los campesinos deciden que los beneficios de la ganadería superan sus costos. Muchos ganaderos crían reses con doble propósito: la renta diaria de la leche, más ingresos mayores y esporádicos de engordar y vender novillos para carne. Distinto a productos agrícolas que (como expliqué en las dos previas partes), pueden ser difíciles de vender o sujetos a precios que caen por debajo de los costos de producción, los lugareños ven en el ganado una apuesta segura, una de las pocas ganancias garantizadas en las economías rurales. Por lo mismo, cuando la coca se apoderó de la economía briceñita, e incluso cuando el café se desapareció, campesinos siguieron invirtiendo sus ingresos en reses. Un campesino me lo explicó en términos muy simples:

“Si me gano algo de dinero, sé que pasará algo, y lo gastaré. Pero si compro una res, ahí está.”

Una Vida Entre Animales

Aunque he seguido viviendo en Briceño durante la pandemia, COVID ha significado una gran reducción en mi trabajo de campo. Sin embargo, hasta un etnógrafo desparchado tiene que comer. Cuando le compro carne a Don Darío, aquí cortando un marrano recién sacrificado, en porciones utilizables de carne, me cuenta historias de una vida de lucha para el bien de su familia y pueblo. Mis visitas a la carnicería se han vuelto eventos de una hora donde Darío me explica como él y otros líderes forjaron alianzas con políticos que les ayudaron a traer luz, vías, escuelas y alcantarillado a Briceño. “Yo me siento orgulloso,” dice Darío, recordando los años cuando él y otros líderes viajaban constantemente a Medellín a traer algo de desarrollo a Briceño.

“Cuando voy a la finca, me siento orgulloso de llegar a la casa en carro. Y me siento orgulloso de que llegue la luz a mi casa.”

Aparte de su trabajo como carnicero, los esfuerzos de Darío para mantener a su familia se han basado por mucho tiempo en criar ganado. Hace 47 años, fue por vender dos reses que Darío pudo comprar la finca que tiene todavía. Por muchos años, y hasta que una caída abrupta de precios globales en los primeros años 2000 le obligó a abandonarlo, él era uno de los principales productores de café de Briceño. En ese momento sembró coca, aunque dos años después, al ver sus efectos en la comunidad, arrancó sus matas. “Esas cosas no traen sino violencia,” me explica. Convirtió a su finca en pasto, y ahora la habita 14 reses, varios de sus hijos: “El que tiene la forma de comprar, se compra una vaca.”

Darío solo pudo estudiar un año de primaria antes de que saliera de la casa cuando tenía once años. Se fue a coger café y cortar caña para alimentar a su mamá soltera, siete hermanos y a él mismo. Sin embargo, me doy cuenta de que es rápido y acertado calculando las cuentas de sus clientes, un talento matemático que dice haber aprendido en su educación del primer grado. “Yo no fui a la escuela a tirar piedra como hacen hoy en día”, dice. Ha pasado ese valor del estudio a sus trece hijos, de los cuales doce han logrado algún tipo de educación postsecundaria. El otro cuida las reses de la familia en su finca, aunque Darío planea vender la finca para darle el estudio también.

La educación de sus hijos es un logro impresionante y poco usual en comunidades pobres y rurales. “En la época de criar mis hijos, nadie del campo sacaba bachillerato,” dice Darío. “Estudiaban la primaria, y a trabajar”. Sin embargo, es un logro agridulce. Aunque sus ingresos como profesionales les permitan invertir en reses para criar en la finca, ninguno de los doce ha podido encontrar trabajo en Briceño. Se han ido, según Darío, “por mejor calidad de vida. Me encantaría que tuvieran trabajo aquí. Pero muy difícil en un pueblo tan chiquito”. Por ende, una de las personas que más ha contribuido al desarrollo de Briceño no puede compartir sus beneficios con la mayoría de su familia.

Un Matadero Cerrado y Ayuda Demorada: Las Consecuencias del Poder Estatal

Hasta que lo cerraron en 2016, los marranos y reses de Briceño fueron traídos a este matadero a ser sacrificados bajo controles sanitarios. Sin embargo, debido a la aplicación más estricta de una ley de 2007, cerraron el matadero porque no cumplía con los requisitos para el desecho de residuos sólidos.

Ahora se usa para almacenar fertilizante. Sin embargo, con el matadero legal más cercano a 50 km. en el municipio vecino de Yarumal, muchos campesinos llevan a sus animales a ser sacrificados en informales (y no supervisados) mataderos en el campo.

Carniceros como Darío son legalmente obligados a mandar marranos y reses a ser sacrificados a dos horas en Yarumal, para luego traerlos de vuelta en camiones de refrigeración como éste. Los costos que esto genera disminuyen las márgenes de ganancia que ya eran relativamente pequeñas. “Aquí nos perjudicó mucho el cierre del matadero,” dice Darío. “Nos perjudicó a nosotros como carniceros y también a los consumidores por el incremento de los precios.” Con los precios elevados dado a los costos de transporte, a los carniceros les cuesta mucho competir con la carne no regulada de los mataderos informales.

Aracelly, la esposa de Darío, con facturas de las deudas de su familia, que vienen en parte de los gastos de transportar animales de Yarumal. Es la presidenta de la Asociación Briceñita de Carniceros, la cual busca financiación para un carro de refrigeración que les permita disminuir sus costos.

Sin embargo, el cierre del matadero no es la única manera en la cual el poder estatal ha perjudicado el sustento de su familia. Aracelly está registrada como beneficiaria del programa de sustitución de coca, pero ha recibido solamente el más pequeño de tres niveles de proyectos productivos que le fueron prometidos hace más de tres años (oficiales locales dicen que, de 2.144 beneficiarios en Briceño, 1.621 familias están en la misma posición). De hecho, ella dice que se endeudó comprando vacunas y medicinas para su ganado, insumos que el programa había prometido darle. Y, como muchos en el programa, depende de los proyectos prometidos para tecnificar su finca e incrementar la producción.

La Tecnificación de la Producción Pecuaria: Volviendo la Finca en Fábrica

La tecnificación de la producción rural puede tomar muchas formas, pero normalmente involucra el uso de máquinas y cálculos para incrementar eficiencia y rendimiento. La mayoría de reses en Briceño caminan libres, comiendo pasto del suelo, lo cual requiere grandes extensiones de tierra—hasta una hectarea por res. En cambio, las reses en esta foto se están alimentando con pasto de corte, pasto alto que se cultiva, se corta y se les da en comederos. Aracelly dice que implementar esto en su finca, además de duplicar la producción de leche de sus vacas y le permitiría alimentar a 17 reses con una sola hectarea.

Mientras que las fincas rurales tradicionalmente tienen algunas gallinas andando libres que ofrecen huevos y carne para el consumo de la familia, este gallinero tecnificado produce huevos para la venta.

Ignacio pesa la comida para sus gallinas con mucho cuidado, una medida necesaria para asegurarse de que pueda competir con precios comerciales. Si sus 70 gallinas reciben menos de 100 gramos de comida diario, dice que su producción de huevos se disminuye. Pero si les da más, “se comen las ganancias.”

La tecnificación que hace campesinos como Ignacio nunca llegará a los niveles de los productores comerciales de gran escala, que llenan edificios gigantes, hasta el tope con gallinas que comen un sinnúmero de químicos. Y se nota la diferencia. Los huevos que ponen estas gallinas tienen un sabor más rico y una yema de un naranjado más profundo que los huevos comerciales que he comido toda mi vida. Sin embargo, aunque tengan productos superiores, los campesinos briceñitas tienen que competir cada vez más con agronegocios masivos.


Otras secciones: Primera Parte, la Agricultura de Subsistencia; Segunda Parte, El Café


Alex is a doctoral candidate in Sociology at the University of Texas at Austin. His ethnographic research follows the implementation of Colombia’s landmark peace deal, analyzing how the rural village of Briceño has experienced a broader regional transition driven by related processes of state formation, the development of mining and energy megaprojects, and a coca substitution program.

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